lunes, 18 de mayo de 2015

LIBRO LOS 50 PRINCIPIOS DEL MILAGRO (PRINCIPIO 3)



PRINCIPIO 3: Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor. El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido todo lo que procede del amor es un milagro.
Más adelante en el Principio 32, Jesús dice que él es el único que inspira los milagros. Quiero mencionar algo sobre el papel de Jesús y el del Espíritu Santo, porque en estos principios se van a usar recíprocamente, y yo los voy a usar recíprocamente. Desde el punto de vista de la función, el Espíritu Santo y Jesús son sinónimos. Ambos realizan la función de ser el Maestro interno o la Voz interior que nos conducirá a casa. Esto tiene sentido cuando consideramos que Jesús es el que ha trascendido totalmente su ego, lo cual significa que la única voz que tiene en su interior es la del Espíritu Santo. Un curso en milagros enseña que tenemos, en nuestro interior, dos voces que nos hablan constantemente: la voz del ego y la Voz del Espíritu Santo. Como ya Jesús no tiene ego, la única voz dentro de él es la Voz del Espíritu Santo. Es por eso que más adelante en el Curso nos dice que él es la manifestación del Espíritu Santo (C-6.1:1). El no es el Espíritu Santo sino la manifestación de Este. También aclara en muchas alusiones en el texto cómo él escuchó al Espíritu Santo (e.g., T-5.II.9-10; T-5.IV.4:1). El Espíritu Santo había sido su Maestro, ahora él nos ayudará a aprender las mismas lecciones que él aprendió. Por lo tanto, desde el punto de vista de la función, podemos usar al Espíritu Santo y a Jesús en forma intercambiable. Ambos sirven como la Voz interior, el Maestro interno que corrige los errores de la enseñanza del ego. Entonces, el milagro procede de él. Decir que Jesús es la manifestación del Espíritu Santo es decir también que él es la manifestación del Amor de Dios.
En un sentido más amplio, el verdadero milagro es el amor que lo inspira, lo cual quiere decir que el milagro real, entonces, es Dios o el Espíritu Santo y Jesús Quienes hablan por Dios en nuestras propias mentes. Esto también aclara, como lo hacen estos principios repetidamente, que el milagro no proviene de nosotros. No somos nosotros los que podemos cambiar nuestra percepción egocéntrica por el milagro; ese es el papel del Espíritu Santo. Todo lo que podemos hacer es escoger el milagro en lugar del ego. Es a esto que se refiere el Curso cuando habla de "la pequeña dosis de buena voluntad" (T-18.IV). Esto es lo único que el Curso espera de nosotros: la pequeña dosis de buena voluntad que nos permita empezar a cuestionar nuestro juicio acerca del mundo, y de lo que vemos en éste. Nos pide que por lo menos seamos capaces de cuestionar lo que hemos hecho realidad en términos de nuestras percepciones de los demás y de nosotros mismos. Repito, dice "una pequeña dosis de buena voluntad"; no pide mucho. También nos enseña que si tuviéramos una gran voluntad, entonces no necesitaríamos al Espíritu Santo, al instante santo o al Curso (T-18.IV.2,4,5).
P: ¿Sería eso una expresión de amor?
R: Elegir escuchar la voz de Jesús en lugar de la del ego lo sería. Podría decirse que esa sería una expresión de amor o una decisión por el amor. La idea realmente es que tratemos de no obsesionarnos con las palabras específicas, porque entonces enloqueceríamos. Esto no es el Talmud. No se supone que esto se disecte y se analice línea por línea en ese sentido. La idea es utilizar las palabras como una manera de llegar a lo que es la experiencia, que es la experiencia de Dios.
Recuerden, es muy fácil caer en la trampa de las palabras. El manual dice que "las palabras son símbolos de símbolos. Están doblemente alejadas de la realidad" (M-21.1:9-10). Un curso en milagros habla de Dios en términos simbólicos al llamarlo "Padre" y a menudo referirse a El como poseedor de atributos tales como preocuparse, ser afectuoso, sentirse solo, etc. Una sección titulada Más allá de todo símbolo (T-27.III) subraya la idea de que la verdad y Dios están más allá de todos los símbolos y conceptos que utilizamos aquí. Sin embargo, dentro de este mundo, el Espíritu Santo tiene necesidad de símbolos para finalmente conducirnos más allá de todos ellos. Mentalidad correcta y mentalidad equivocada son los símbolos que utilizan el Espíritu Santo y el ego de manera que en este contexto la palabra "milagro" se utiliza en un sentido más general. En otra parte, en el Principio 24 afirma: "Tú mismo eres un milagro."
P: Pero el criterio de siempre preguntar, "¿Para qué es esto?" -¿es esa una de las claves?
R: Sí, esa es la clave. De acuerdo con la alusión que hice antes, el Curso indica que lo único que debemos preguntar sobre cualquier cosa en el mundo es: "¿Qué es lo que quiero que resulte de esta situación? ¿Qué propósito tiene?" (T-17.VI.2:1-2). Y sólo hay dos propósitos del mismo modo que sólo hay dos contenidos. Uno es el propósito del ego, reforzar la separación; el otro es el propósito del Espíritu Santo, sanar la separación. Es por eso que el Curso repetidamente nos exhorta, como lo ha hecho el evangelio, a no juzgar. El ego es el que juzga; y cuando juzgamos lo hacemos apoyándonos en la forma. Uno de los principales ingredientes en el sistema del ego es el juicio, porque una vez juzgamos una forma como buena o no buena, enferma o sana, santa o no santa, la estamos haciendo real. Estamos afirmando que existen niveles en este mundo; niveles de santidad; hay algunas formas que son más santas o mejores que otras. Si se quiere señalar una de las mayores equivocaciones que han cometido las religiones organizadas, ésta radica en la preocupación por la forma, al decir que la forma es importante. Una vez se dice que la forma es importante, se afirma, entonces, que el cuerpo es real. Se está diciendo que hay una jerarquía de ilusiones: ciertos comportamientos, ciertos cuerpos, ciertas formas son más santas que otras. Lo que nos libera de esa tentación, repito, es preguntarnos, "¿Para qué es esto?" Es el propósito el que es santo, no la forma. Y lo que santifica al propósito es que éste procede del Espíritu Santo, lo cual significa que el propósito es sanar y unir. Lo que convierte algo en profano no es el objeto en sí, no es la forma, no es lo que parece ser, no es la conducta, sino el propósito que sirve: es decir, reforzar el ataque y la separación. El milagro corrige esa percepción equivocada; esto se aclarará a medida que discutamos los otros principios.
LOS 50 PRINCIPIOS
DEL MILAGRO
DE UN CURSO EN MILAGROS.
KENNETH WAPNICK
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